Desde los tiempos más remotos, las personas hacen negocios. Como ningún hombre es una isla
[1], los humanos siempre han necesitado a sus semejantes para obtener todos los bienes que necesitan para sobrevivir. Al necesitar estos bienes, era natural que los hombres hicieran trueques entre sí. Pues, muchas veces, el excedente que el hombre obtenía de una determinada actividad, la caza, v.g, necesitaba ser transaccionado con los otros miembros de la comunidad que detentaban excedentes de otras cosas. Es intuitivo que los hombres, desde los primeros tiempos, busquen una asignación eficiente de los recursos a su disposición.